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Ya huele a café en los cafetales

La oscuridad dio paso a otros paisajes. Pero la luz posterior proyectó demasiadas sombras sobre el cielo, demasiadas lagrimas para poder sonreír al atardecer de cualquier Alhambra. Imágenes y orografías sin cartografiar, inexploradas, que necesitaban palabras frescas, lenguajes nuevos para cobrar vida, para volver a comer el pan del monte Athos.
Acantilados y playas brumosas de un norte soñado y leído donde recoger los restos del naufragio en la orilla. Los restos del hundimiento que permitan reconstruir el bergantin que inicie la conquista, la aventura de volver a aquellos días donde con cada palabra se nombraba el universo. Pero ya huele a café en los cafetales y de la caña brota aguapanela.
Otros aromas que demandaban un abecedario inaugural que dejara el pasado en las trincheras y no en el olvido. Más bien en el lugar de la memoria donde no hace estragos, donde ya es un rumor, como un río que transcurre mansamente, dejados atrás las cataratas y los rápidos, hacia el océano de la aceptación.
En ocasiones hay un paso en el vacío que convierte los días en una herida abierta, en un aparente camino sin salida, en un ir tirando a ver qué pasa. A veces suena el piano pero el pianista no acierta con el ritmo, no le coge el aire a la partitura que toca. A veces se persigue el verso pero el poeta atrapa una metáfora fallida que no habla al inconsciente. Y se desvanece el milagro de escribir. Porque el escritor necesita el sustento de lo sido, de lo vivido. Necesita el peso de lo acontecido sobre sus dedos para romper a escribir.
Han sido años de silencio, de sueño inhabitado. Condena, aprendizaje, laberinto, dolor, silencio. Cuando se rompe el alma no queda más remedio que recomponerla o morir, levantarse de los despojos del espejo o vivir en el fingimiento y la superficialidad.
Un nuevo jardín, nuevas flores en el parterre. Nuevas brisas, nuevas tormentas que no traen el eco mortal de la batalla, ni el testamento de una guerra que dejó su muerte y sus venganzas en el patio trasero de la mediocridad. Un jardín nuevo donde el Edén no ha expulsado todavía a Adán y Eva. Un jardín donde aún es tiempo de conversar con el árbol de la vida y aprender el significado de los nombres, de atrapar el secreto detrás de la cortina. Tiempo de revolcarse en el barro primigenio, en la arcilla que conformó la carne y el sueño, el placer y la sabiduría. Tiempo de zambullirse en el agua sagrada donde beben los dioses que adoran al Dios que habita en cada uno de nosotros.
Un jardín nuevo nacido a la primavera donde forjar el destino verdadero. Aunque sea acabar en una librería de viejo una tarde de otoño buscando un libro que leíste hace treinta años.
¿Dónde estaba la poesía? ¿dónde ha descansado desde entonces? ¿dónde quedó el intento de atrapar algo bello cada día? Que alguien lo diga. Que alguien lo grite cuando descubra el paradero de su esencia. Pero ya huele a café en los cafetales y de la caña brota aguapanela.
Te levantarás un día creyendo en los profetas que anuncian tu llegada, tu nuevo nacimiento al este de Axum. Te despertarás un día sabiendo que todo fue un sueño que sólo despertando vivirás. Te levantarás un día sin saber dónde están los acentos que antaño te atrapaban.
Te levantarás un día sabiendo que el tiempo es un engaño, una estratagema de Cronos que te ha tenido atado y prisionero en el cuento de un ayer, de un hoy, de un mañana. Una estrategia que consiguió presentarte el tiempo como una trinidad desgajada e inconexa, debilitada, imprecisa, separada por la barrera ilusoria de un pasado, de un presente, de un futuro. Todo sucede en este preciso instante en que te miras al espejo, o dormitas en un banco de la plaza, o lees las páginas de un libro, en este segundo en que tu mirada se desliza por estás palabras . Todo sucede en este ahora y en este aquí.
Te levantarás un día interrogando a Pomona cómo vencer el desamor de los sonetos, preguntando los por qués a las estatuas frías de las catedrales. Te levantarás un día y nada ya podrá derribarte. Volverá la tinta a brotar desde la pluma, volverá la imaginación a crear el mundo en el que habitas. La verás crear la arquitectura del azar, la literatura donde habitar sin miedo a los diptongos.
Te levantarás un día orando al Cristo nacido en tus entrañas, al cordero que riega su sangre en tu pecado…
A veces las palabras llegan en extrañas circunstancias. Pero llegan. Y ese es su milagro primordial y proverbial. Música. Música para descorrer el velo de Isís y saber que es la Reina de Saba. Música para alzar los ojos a las estrellas y encontrar la fe en todo cuanto existe.
Ayer una borrasca surcó los cielos de Torrevieja. Sonó la primera canción y el monzón no reparó en gastos. Descargó su beso de agua y empapó con su saliva los poros de esta tierra. Hoy un cielo límpido recibe el abrazo de un sol altivo y feroz. Bajo ese manto prosigue la vida: las hojas del limonero, el gato agazapado, un grupo de abejas, un reguero de hormigas, las voces lejanas del vecindario, el llanto de un bebé en la cuna, el claxon de un automóvil, los sueños del gorrión entre las ramas…
La vida prosigue y no calla. Se agita, se retuerce. Palpita. Nos atrapa y nos suelta, para volver a atraparnos al mínimo descuido, cuando tal vez ya habíamos perdido la esperanza de volver a sentir la lluvia, el calor pegajoso, la fruta dulce y aguada de la infancia. Bendita vida.
Pero ya huele a café en los cafetales y de la caña brota aguapanela.Y llegó la risa en forma de salmo. No te sorprendas. Cada uno descubre sus certezas cuando le toca.

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